señor, me has mirado a los ojos. sonriendo, has dicho mi nombre.
en el tercer piso una señora lava la ropa. debe ser un aurora viejo como el que tenía mi mamá, esos que vibran mucho. donde los helechos y potus que están encima se mueven orgásmicamente.
otra vecina se conecta con su marido por handy, como todas las noches. habla a los gritos, y su voz no rebota, nos da un castañazo directamente por el aire y luz del edificio. todos nos enteramos de Héctor, los chicos, el colegio, Pochi, y de que se quieren mucho, peeep-pup.
hay una fanática de Gilda. otra de Marco Antonio Solís. mi vecino de arriba, los Pimpinela con intervalos de Néstor en Bloque.
yo no sé muy bien quién soy dentro de mi consorcio. puede que a veces me confundan con la fanática de Gilda, o la señora que habla a los gritos con su marido. pero sin handy. y sin marido, claro.
“por qué lo dejaste? no es bueno estar sola. mirala a susana“- dijo mi mamá. siempre que puede me trae el fantasma de su única amiga soltera, que es amargada, trata mal a los mozos, a las señoras que limpian en su casa y tiene problemas con la botella.
“porque... no lo quería, ma“*- respondo.
“pero... y eso qué tiene que ver?”-acota mi madre.
y así, como si nada, tira a la mierda mi teoría de que soy fruto de un amor.
no. no. hay códigos, señora. es feriado, no me haga eso.
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